Para muchos de nosotros, el anime es mucho más que batallas épicas de proporciones intergalácticas; a veces, las historias más entrañables se esconden en la simpleza de la vida cotidiana.
Hace casi veinte años, el director Mamoru Hosoda nos demostró esto entregándonos una obra maestra que dejó una huella imborrable en la animación japonesa. Recientemente, tuvimos el inmenso honor de ser invitados a las proyecciones especiales del Festival de Cine: Mamoru Hosoda, organizado por los amigos de Konnichiwa Festival. Ver este clásico restaurado en la pantalla grande es una experiencia mágica por la cual les agradecemos enormemente la invitación, pero para aquellos que apenas la están descubriendo, surge la pregunta de rigor, ¿vale la pena?
¿Qué tal La chica que saltaba a través del tiempo?
La película, que funciona como una especie de secuela espiritual e indirecta de una novela de Yasutaka Tsutsui de 1967, nos narra la historia de Makoto Konno, una adolescente algo torpe, irresponsable y llena de energía. Su vida es maravillosamente rutinaria y su mayor preocupación es aprovechar los días de verano jugando al béisbol después de clases con sus dos inseparables amigos: el bromista Chiaki y el maduro Kosuke. Sin embargo, su cotidianidad da un giro radical en lo que parecía ser el peor día de su vida: tras sufrir un aparatoso accidente con su bicicleta en el cruce de un tren, Makoto descubre al contactar con un extraño objeto con forma de nuez que tiene la increíble habilidad de dar saltos laterales hacia atrás en el tiempo.
Aquí es donde la narrativa toma un rumbo brillante. En lugar de usar sus poderes para algo grandilocuente o salvar al mundo, Makoto hace lo que cualquier adolescente con miedo a crecer haría: reescribir su día a día para evitar problemas menores, comerse el último flan de la nevera antes que su hermana, o cantar en el karaoke durante horas y horas seguidas. Pero pronto descubre que no todo es diversión; al estar en la bañera, nota que tiene un extraño número tatuado en el brazo, dándose cuenta de que sus viajes temporales son limitados y funcionan como una cuenta regresiva
Además, empieza a descubrir a la mala el “efecto mariposa”. Cada vez que altera el pasado para su propio beneficio o para evadir responsabilidades, como usar sus saltos repetidamente para evitar la incómoda declaración amorosa de Chiaki, termina perjudicando de maneras graves e inesperadas a las personas de su entorno escolar. Asesorada por su enigmática tía Kazuko, quien trabaja restaurando obras de arte en el museo local y parece saber más de los viajes en el tiempo de lo que aparenta, Makoto se verá obligada a enfrentar las consecuencias directas de sus decisiones antes de quedarse sin saltos.
En cuanto a los valores de producción, el trabajo del estudio Madhouse es un deleite visual de principio a fin. La dirección de arte nos regala cielos azules dominados por enormes nubes blancas que ya son el sello indiscutible de Hosoda, creando una atmósfera melancólica. El diseño de personajes corre a cargo de Yoshiyuki Sadamoto (famoso por su trabajo en Evangelion), quien dota a los protagonistas de expresiones increíblemente humanas. Sumado a esto, la recreación hiperrealista de las calles, cruces y cuestas del barrio de Ogikubo en Tokio te hace sentir verdaderamente inmerso en la ciudad.
¿Vale la pena La chica que saltaba a través del tiempo?
Ahora sí, a lo que vinimos. ¿Vale la pena La chica que saltaba a través del tiempo?
Es innegable que si entras a la sala esperando una película de ciencia ficción dura, enfocada en la compleja mecánica técnica de los viajes temporales, podrías sentir que el guión deja algunos agujeros sin resolver sobre cómo funciona exactamente el misterioso artefacto. Hosoda relega deliberadamente las explicaciones científicas a un segundo plano, usándolas solo como un vehículo para contarnos una buena historia de lo que ya se conoce coloquialmente como “slice of life”.
Sin embargo, el verdadero tesoro de la cinta yace en los mensajes enterrados en la trama que podemos encontrar si hacemos un poquito de introspección. Es una película íntima sobre el miedo a crecer, que nos enseña que equivocarse es una parte fundamental de madurar y que no podemos huir de nuestros sentimientos eternamente. Bajo la ineludible premisa escolar escrita en una pizarra: “El tiempo no espera a nadie”, la obra nos recuerda de forma hermosa que debemos aprender a atesorar el presente y a las personas que amamos mientras están con nosotros. Es una experiencia que te robará una sonrisa, te hará un nudo en la garganta y, sin duda, vale la pena.
Agradecemos a Konnichiwa Festival la invitación a su ciclo de cine de Mamoru Hosoda.

El acceso a la función de prensa a La chica que saltaba a través del tiempo fue proporcionado por Konnichiwa Festival. Puedes consultar los criterios de puntuación aquí.